Lunes, 22 de julio de 2024
Mucho ha cambiado desde aquellos años en que cada verano llegaba a Utrera un numeroso grupo de niños y niñas saharauis, gracias a la magnífica labor de la Asociación de Amistad con el Pueblo Saha
raui, que lleva décadas desarrollando esta iniciativa. Aunque el trabajo continúa y siguen llegando pequeños, la proporción se ha reducido considerablemente en comparación con años pasados. Sin embargo, las necesidades de los niños son las mismas, y las ganas y sonrisas con las que llegan no han cambiado, ni el amor con el que son recibidos por las familias de Utrera.
El alcalde, Francisco Jiménez, y la delegada de Servicios Sociales, Alba Padilla, han recibido en el Ayuntamiento a los tres niños saharauis que nos visitan este verano y a sus “madres utreranas”. Yasin, un chico y su mamá Silvia, y dos chicas, Alía y Ahisa, con sus respectivas madres de acogida, Laura y Mª Carmen. Los tres pequeños, que tienen 10 años de edad, llegaron a Utrera el 2 de julio y se marcharán a finales de agosto.
Los protocolos y los motivos por los que vienen siguen siendo los mismos: apartarles durante dos meses de verano de la dura realidad y los rigores del desierto. La mayoría del Pueblo Saharaui se encuentra en los campos de refugiados de Tinduf, en Argelia. Los niños aprovechan este tiempo para recibir algunas revisiones médicas, aunque no se trata de niños enfermos, están con otros niños, viajan a la playa y disfrutan del baño en piscinas porque el agua es una de las cosas que más les fascina, al ser un bien tan escaso en el lugar del que provienen.
Tanto el alcalde como la delegada compartieron un rato de visita y se interesaron por la situación actual y el importante descenso en la llegada de niños, que en otros momentos llegaron a ser grupos de más de 50. En este sentido, Mª Ángeles Caro, presidenta de la Asociación de Amistad con el Pueblo Saharaui de Utrera, señaló que hay varios factores a considerar: “La pandemia significó un antes y un después y nada volvió a ser como antes porque fue un parón grande”. También asegura que esto no está ocurriendo solo en Utrera, sino en todas las poblaciones y que “la crisis, antes y después de la pandemia, ha tenido mucho que ver porque son más los hogares en los que los dos cónyuges trabajan y, cuando se les plantea la posibilidad de traer niños, la respuesta es que tienen a los propios al cuidado de los abuelos porque tienen que trabajar, y así es todo muy complicado”.
A pesar de las dificultades, la asociación sigue trabajando durante todo el año y confían en que, poco a poco, más niños podrán llegar. “Aunque aquí veamos a pocos, no quiere decir que en los campos de refugiados no siga habiendo muchos niños, como ha habido siempre”, afirmó Caro.
Utrera siempre ha sido un pueblo importante en la acogida de estos niños. “Son muchas las familias que continúan manteniendo el contacto con sus niños, gracias a Internet. Ellos vinieron cuando eran pequeños y hoy son hombres y mujeres que siguen en contacto con sus familias utreranas”, comentó Caro.
Es importante recordar que los niños y niñas saharauis que llegan a nuestro país no vienen en espera de una adopción ni nada parecido. Tienen sus familias y sus vidas junto a ellas, pero pasar estos meses fuera es un descanso de sus duras condiciones de vida y un contacto con una realidad distinta a la que viven día a día. Todos tienen una familia a la que regresar.
La disminución en el número de niños saharauis que llegan a Utrera es un reflejo de los tiempos difíciles que vivimos. Sin embargo, el compromiso y la dedicación de las familias y la asociación permanecen inquebrantables. La esperanza es que, con el tiempo, más niños puedan beneficiarse de esta experiencia que no solo les ofrece un respiro de su realidad cotidiana, sino que también fortalece los lazos de amistad y solidaridad entre pueblos.
La labor de la Asociación de Amistad con el Pueblo Saharaui es un testimonio del poder de la empatía y la solidaridad humana. En un mundo cada vez más complejo y lleno de desafíos, estas acciones nos recuerdan que siempre hay espacio para la esperanza y la humanidad. Y aunque hoy son menos los niños que llegan, cada uno de ellos recibe el mismo amor y cuidado que hace décadas, creando recuerdos y experiencias que perdurarán toda la vida.